¿Para dónde va Colombia con la crisis petrolera?

Senador experto en temas minero-energéticos revela una nueva realidad y qué significa para el país.

Aunque es senador de la República, Iván Duque Márquez dista mucho de parecerse al típico político tradicional. Nunca lo ha sido. Su formación es otra. Hasta hace poco se desempeñó como jefe de la división de Cultura, Creatividad y Solidaridad del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Como consejero del BID contribuyó a gestionar proyectos para Colombia que superaron los ocho mil millones de dólares.

Abogado de la Universidad Sergio Arboleda, con maestrías en la American University, en la Universidad de Georgetown y en Harvard, este perfil propio de un investigador experto en Derecho Internacional, Gerencia Pública y en temas minero-energéticos, fue la razón que llevó al expresidente Álvaro Uribe a incluirlo en la bancada del Centro Democrático.

Pero él no actúa como un candente opositor, pues considera que en los debates en el Congreso debe primar el rigor académico y no la controversia política. No ha tenido inconveniente, por ejemplo, en reconocer los méritos de la ley de inclusión financiera presentada por el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, y apoyarla. Tampoco duda en expresar razonadas críticas al presupuesto.

Su visión de lo que le espera a Colombia en materia de ingresos por cuenta de la crisis internacional del petróleo se apoya en detenidas consideraciones y es, por cierto, inquietante.

Usted no es muy optimista. ¿Cuál es la nueva realidad del petróleo y cómo afectará a Colombia?

Para Colombia, tanto el precio internacional del petróleo como todo lo relacionado con su producción a nivel nacional, son hoy problemas críticos. Y le digo por qué.

En primer lugar, debemos recordar que Colombia no es un país petrolero sino petróleodependiente. Nuestra brújula de las finanzas públicas, llamada el Marco Fiscal de Mediano Plazo, destinado a prever cómo se comporta la economía, había calculado que el precio del petróleo iba a oscilar entre 97 y 100 dólares por barril. Adicionalmente, previó que la producción nacional de petróleo iba a llegar e incluso a sobrepasar el millón de barriles diarios. Pues bien, no olvidemos que el precio del petróleo va a estar fluctuando entre los 80 y 85 dólares por barril.

¿Qué significa esto para las finanzas públicas?

Nada menos que por cada dólar que Colombia pierde en el precio de venta, la nación puede estar dejando de recibir 350.000 millones de pesos. Y si la caída no es de un dólar sino de 17, ese sería un hueco fiscal de más de cuatro billones.

¿Qué representa realmente el petróleo en los ingresos de la nación?

Pues algo más del 8 % del Producto Interno Bruto, casi el 90 % de las exportaciones tradicionales, cerca del 40 % del mercado de divisas y más o menos el 30 % de la inversión extranjera directa.

Hablemos de la producción de petróleo en Colombia. ¿Qué ha venido afectándola?

Varias cosas. Hoy en día Colombia tiene reservas apenas para siete años. Necesitaría más exploración y una explotación más dinámica.

¿Pero qué atenta contra eso? Lo primero son las acciones terroristas contra la infraestructura. Lo segundo, el licenciamiento ambiental, que suele demorarse entre 14 y 16 meses para ser otorgado. También los procesos de consulta previa pueden tardar más de un año. Y para colmo, hay otros dos factores. Uno: la mayoría de los campos petroleros que hay en el país producen menos de 30.000 barriles diarios. El 80 % de nuestros yacimientos son de esa naturaleza. Por culpa de ello, la apertura del sector petrolero en México nos puede afectar porque puede resultar más atractivo para los inversionistas.

También, un enemigo para incentivar la inversión a largo plazo en nuestro país es el sistema tributario. Muchas inversiones tardan en producir rendimientos entre cinco y diez años cuando el pago de tributos se inicia muy pronto.

¿Entonces qué habría que hacer?

Producir cerca o más de un millón de barriles diarios, para lo cual tendríamos que atraer inversión, explorar aún más, desarrollar más sísmica, tener un mejor desarrollo en los pozos actuales y, sobre todo, disponer de una arquitectura tributaria más favorable y atractiva.

¿Y mientras tanto en el mundo qué está ocurriendo?

Hay varias cosas que le están pegando al precio internacional del petróleo. La primera es el descenso que ha tenido la economía china. Venía a un ritmo del 10 % anual y ahora se prevé que solo crecerá al 7 o máximo al 7,2 %, lo que significa una reducción en la demanda de materias primas como el petróleo, el níquel, el carbón y otros productos minero-energéticos.

A eso debemos agregar que las economías en Europa están pasando por un momento crítico. Unas están en recesión y otras muestran una recuperación demasiado lenta. Lo más inquietante es advertir cómo la economía alemana, uno de los principales motores económicos en el continente, ha tenido una desaceleración brutal. Y, para agravar este panorama, muchas de las economías emergentes han tenido ahora crecimientos moderados. Incluso Brasil ha entrado en una etapa de recesión.

¿Qué ha pasado con el primer comprador, los Estados Unidos?

Algo inesperado. Estados Unidos, que había sido un gran importador de petróleo, se ha convertido en un exportador gracias a nuevas técnicas de explotación como el fracturamiento hidráulico. Eso hace que también los precios internacionales caigan.

Ante esta realidad, ¿cómo ve nuestro panorama industrial?

Pues hemos tenido dos años de caída en la industria. En el 2012 fue de un 1,7 %, el año pasado de un 1,2 % y, aunque este año tuvimos un poco de recuperación en el primer trimestre, en el segundo hubo una caída cercana al 1,2 % en el sector.

Si lo miramos por subsectores, en 13 de los 25 se registra un bajo crecimiento bastante preocupante. La industria, que está llamada a ser una gran generadora de empleo y gran dinamizadora económica, ha tenido comportamientos muy por debajo de lo esperado. De modo que no se ve hoy como un motor capaz de compensar lo que dejamos de recibir por cuenta de la renta petrolera.

¿Y a qué se debe esa caída de la industria?

Yo creo que a varios factores. Entre ellos, la revaluación del peso. Además, tenemos problemas de competitividad que deberían tomarse en cuenta. Por ejemplo, la industria colombiana paga por energía un 72 % más de lo que paga Ecuador; un 60 % más de lo que cuesta en un país como el Perú y 50 % más de lo que paga la industria en Estados Unidos.

A ese costo de la energía debemos sumar la volatilidad de la tasa de cambio, el incremento del contrabando, el difícil acceso a créditos de largo plazo, las altas cargas tributarias y dificultades logísticas como el transporte.

Para citar un ejemplo, transportar una tonelada métrica de Bogotá a Medellín cuesta cerca de 1.500 dólares. Mover esa misma tonelada entre el puerto de Veracruz y el Distrito Federal en México –que están a la misma distancia–, está costando 375 dólares.

¿Qué ha pasado con el café y otros productos agrícolas?

A este respecto, vale la pena tener en cuenta la denuncia que hizo con mucha precisión el doctor Roberto Junguito. Según lo revelado por él, en los últimos cuatro años el gasto público hacia el sector de la agricultura ha estado en un 90 % volcado en subsidios y tan solo un 10 % se ha destinado a lo que llamaríamos la provisión de bienes públicos en el sector rural. Ahora, gracias a muchos de esos estímulos, hubo en el primer trimestre un buen desempeño del sector cafetero. Sin embargo, en el segundo trimestre se pudo apreciar una caída del mismo sector. De modo que la agricultura tampoco es el motor capaz de compensar la caída en la renta minero-energética.

¿Entonces cree usted que no fue bien aprovechada por Colombia la bonanza petrolera?

No. El nuestro no fue el mismo camino que siguieron otros países del continente. Ecuador, por ejemplo, ha aprovechado muchos de los recursos logrados con esa bonanza para hacer grandes inversiones en infraestructura y educación. Chile, de su lado, lo hizo en conectividad, educación y ciencia y tecnología. Entre nosotros, en cambio, gran parte de esos recursos se han ido hacia el gasto público. No todo ha sido negativo, pero, ciertamente el Gobierno nos recuerda aquella canción que está de moda: “me bebí la quincena… me bebí lo del mercado”.

¿A qué gastos en el sector público se refiere usted?

Por ejemplo, al aumento de la nómina en la Rama Ejecutiva. Durante los últimos cuatro años se crearon 18.000 nuevos cargos. Solo en publicidad y eventos se gastaron casi tres billones de pesos. Es un derroche. Ojalá algún día, cuando despertemos de esa borrachera, nos demos cuenta de que no aprovechamos los recursos para hacer lo que realmente el país necesitaba.

¿Qué va a suceder con el hueco presupuestal de 12,5 billones de pesos anunciado por el Gobierno?

Recuerde usted que ese hueco presupuestal depende del precio del petróleo. Y saber qué va a pasar con dicho precio en el futuro es una tarea más propia del mago Merlín. Si tal precio sigue situado como hoy está entre los 80 y 85 dólares y la producción en el país sigue decreciendo, al Gobierno no le va a quedar otro remedio que hacer una enorme reducción del gasto público o verse abocado a una nueva reforma tributaria. Si la economía sigue deteriorándose y se aumentan los tributos, lo más probable es que con ello se afecten aún más los sectores productivos que generan empleo y riqueza.

¿Qué puede ocurrir con el previsto aumento de gravámenes e impuestos?

A mí me parece que es un error seguir haciendo improvisadas reformas tributarias cada dos años para tapar huecos. El impuesto a la riqueza va a desincentivar la inversión. Lastiman aquellas inversiones que se demoran tiempo en generar rentabilidad y desincentiva el ahorro porque grava el capital, así este no sea productivo.

¿Qué debería hacerse entonces?

Sería preciso considerar la necesidad de una reforma tributaria que al lado de generar los ingresos requeridos por la nación, sea un sistema tributario equitativo capaz de incentivar el ahorro, la inversión y la generación de empleo.

Si el precio del petróleo siguiera bajando, ¿qué podría pasar?

Si llegara a caer a los 60 dólares por barril, tendríamos, como lo afirma un muy interesante trabajo de José Gómez y Jonathan Malagón, una enorme contracción económica. Volveríamos a ver una tasa de desempleo de dos dígitos, veríamos un deterioro en la calificación crediticia del país, un severo aumento en el endeudamiento y una fuerte devaluación de la moneda.

¿No es un cálculo muy pesimista?

No, yo diría que hay que ser realistas. Para ello se debe considerar no solamente lo que resulta eufórico por parte del Gobierno y sus anuncios sino los reales riesgos. Tres fuentes distintas –la Agencia Nacional del Petróleo, Anif y los investigadores que acabo de citar– coinciden en que de todas maneras el Gobierno debe apretarse el cinturón en materia de gasto público.

Al margen de estas evaluaciones, ¿Cómo ve usted el panorama político del país? Muchos colombianos se muestran inquietos ante la dura polarización entre el Gobierno y la oposición.

Creo que la llegada del Centro Democrático al escenario político ha sido muy propicia. Este partido ha llegado con una bancada organizada que está dispuesta a actuar con rigor académico y se ha propuesto hacer una oposición distinta a la que veníamos viendo.

¿En qué sentido?

Mire, aquí viene una crítica en una mano y en la otra, una proposición constructiva. La oposición debe ser hecha, reitero, con rigor académico y ser rigurosa al momento de formular críticas.

Nosotros, por ejemplo, cuando el Ministro de Hacienda nos invitó a conocer la ley de inclusión financiera, la estudiamos, la juzgamos por sus méritos y considerando que era buena, la apoyamos. También en el presupuesto bienal de regalías, escuchamos las propuestas del Gobierno, enriquecimos las iniciativas para mejorar la distribución de los recursos y formulamos proposiciones para hacer más transparentes y más rigurosos los giros hacia las regiones. Iniciativas que puedan producir buenos resultados, las apoyamos.

En otros casos, como el del presupuesto desfinanciado, formulamos críticas con rigor y nos marginamos de acompañar tal proyecto. De modo que seguiremos siendo rigurosos para decir lo que no acompañamos, lo que podemos acompañar y lo que podamos enriquecer.

13 nov. 2014
El Tiempo
Bogotá, Colombia
Edición: Digital