Discurso del senador Iván Duque durante la entrega de la Orden al Merito U. Sergio Arboleda

 

Hoy vengo con orgullo y emoción a recibir la Orden de la Universidad Sergio Arboleda, mi universidad: mi casa. Soy orgullosamente egresado de la facultad de Derecho con estudios mayores en Filosofía y Humanidades, pero tengo el privilegio más grande y es el de ser un profesor que transmite los valores que me fueron inculcados en esta universidad.

Yo entré a la facultad de Derecho en el año 1995. Y nunca olvidaré el Discurso de Bienvenida que nos dio el Rector Fundador, Rodrigo Noguera Laborde. Sus palabras (Dr. Rodrigo) fueron claras: esta universidad no pretende ser una fabrica de abogados, sino una  incubadora de humanistas.

Eso recibí a lo largo de los cinco años que permanecí adelantando la carrera. Las materias de derecho no eran más relevantes que las de gramática,  que las inculcaba con mucha finura Ciro Alfonso Lobo Serna, que en paz descanse. Y también recuerdo la cátedra de filosofía, magistral, dictada por Ramón Bulla Quintana, quien de hecho nos hizo aprender de memoria que: “la filosofía es la ciencia que estudia todas las cosas por sus últimas causas y razones supremas mediante la sola luz de la razón”, ahí se puede dar cuenta que no se me ha olvidado. A su vez las clases de latín fueron para mí una tortura que fui aprendiendo con el paso de los años su valor, eran el complemento perfecto para adentrarse en la historia en la filosofía del derecho e inclusive en las ideas políticas.

Nunca olvidaré las exigencias de Gregorio Rodríguez, que me inculcó el amor por el sacrificio académico, ni las voz pedagógica de usted Dr. Rodrigo Noguera, a quien le debo el gusto por el derecho constitucional.

Podría quedarme horas exaltando a tantos maestros y amigos que pasaron por mi vida académica, pero lo más importante en esta noche es referirme a los valores que me fueron inculcados y que hoy son la motivación de mi vida.

En la aproximación a esos valores está el recuerdo de Álvaro Gómez. Un forjador de la historia y al mismo tiempo un maestro sencillo que me indujo a conocer los clásicos y a tener a la mano la Paideia de Werner Jaegger. Fue el quien me preguntó alguna vez cual era la razón que yo tenía para estudiar derecho, a lo cual respondí para entender mejor a la sociedad. Luego el me volvió a preguntar, antes de entrar a clase de cultura colombiana: ¿usted que quiere ser en la vida? Y sin vacilar un segundo le dije: servir a mi país.

Siempre tuve que claro después de esa conversación con Álvaro Gómez que lo mío no era el ejercicio del litigio y que poca pasión me despertaban los bufetes de abogados. Lo mío era la Hacienda Pública, las finanzas, las humanidades, la gerencia, todas actividades que sentí debían ser marcadas por la columna vertebral del derecho, aunque en el fondo y quizás en la esencia, lo que había era un amor incontrovertible por la política.

Fue así como mi carrera se movió en función de las pasiones y pasé por el Ministerio de Hacienda, por la CAF, por el Banco Interamericano de Desarrollo al lado de mi entrañable amigo Luis Guillermo Echeverri y posteriormente Luis Alberto Moreno, por Naciones Unidas al lado de Álvaro Uribe Vélez y por la cátedra universitaria. Hoy tengo el honor de dictar la materia de Cultura Colombiana que tuvo a su cargo Álvaro Gómez, al igual que enseñar en el Executive MBA, en la facultad de Política y en uno que otro diplomado.

La Sergio me enseñó a no tragar entero. La vida no es de dogmatismos y mucho menos de sentimientos fanáticos. El hombre de letras forma sus ideas y su carácter, pero sabe entender las fuerzas universales de la historia y de la sociedad, para derrotar prejuicios y valorar las transformaciones.

En esta universidad aprendí a derrumbar las presiones ideológicas. Las ideas políticas no valen por la refinación del lenguaje, ni por su capacidad de persuasión emotiva: ellas valen por el alcance que efectivamente logran cuando son puestas en marcha.

La honestidad no vale solo por ser predicada. La honestidad solo vale cuando va vinculada con nuestro comportamiento cotidiano y donde enseñamos con el ejemplo.

También en esta causa aprendí a valorar el disenso y a entender que en un lugar donde prima el pensamiento único, tal vez se ha dejado de pensar. Aprendí a ser disidente, a no amainarme a las presiones colectivas, a ser desafiante frente al sentimiento  mayoritario y a defender con argumentos lo que realmente creo.

Aprendí que los profesores se equivocan, pero que sus equivocaciones son parte del aprendizaje. Entendí que la sociedad debe ver a los líderes como seres humanos imperfectos que debemos saber interpretar en medio de las contradicciones justificables de nuestra especie.

Entendí que la política es el arte de construir consensos sin claudicar jamás en los principios y que sin humanismo la actividad pública, puede caer en la perversa maraña del clientelismo, la frialdad burocrática o el cómodo acoplamiento a los cambios, sin reflexionar sobre su contenido.

Tal vez todas esas cosas que valoro de la Universidad Sergio Arboleda fueron la mejor formación que he tenido para la política, así Luis Alberto diga lo contrario.

Esos valores no serían nada por supuesto sin el legado de mi familia. Soy hijo de una politóloga y de un político que a su vez me dieron las bases para absorber todo lo que me rodea con humildad, gratitud, amor, lealtad y vocación social.

Entre esas enseñanzas avance en una carrera que me permitió estudiar en las mejores universidades de  Estados Unidos, escribir 5 libros y haber construido más de 14 años como columnista de opinión pero debo decir que el orgullo más grande es ser Sergista.

El encuentro con la política

Todo este destino ha llegado a la política. No soy y nunca pretendí ser un político profesional. Tal vez mi llegada a la política se pueda explicar en las páginas de Siddartha de Herman Hesse cuando se refiere a los encontradores. Siempre he sentido amor por la política, no hay un minuto que no deje de pensar en ella y la vida y el destino nos juntaron.

Con mi padre siempre hablamos de política y su honestidad y vocación de servicio me prepararon para entenderla. Mi mamá, Juliana Márquez, a veces escéptica me inculcó el apego por la comunidad y el desprecio por el poder terrenal y la ostentación del mismo. Mi abuela me abrió la mente a los grandes hombres del siglo XX y me permitió conversar siendo un niño con el irrepetible Darío Echandía.

Todo este proceso de valores que hoy comparto me permite decir que necesitamos construir en Colombia una verdadera política y derrotar a todos aquellos que han pretendido convertirla en un medio de acceso al dinero.

Las Universidades deben volcarse a la formación de los políticos del futuro, en cuyas manos estará el destino de nuestra patria.

Hoy como Senador de la República, no he dejado un solo día de reflexionar sobre como los valores que me han formado pueden ser aplicados a la política:

Debemos ser capaces de disentir y de enfrentar con principios y argumentos todo aquello que atente contra el bien común. Podemos ser derrotados pero jamás ser complacientes con la impunidad y la injusticia.

Tenemos el deber de superar los debates anacrónicos de izquierda y derecha y ver el centro como una opción donde podamos armonizar el matrimonio entre Estado, Mercado y Sociedad Civil.

Debemos velar porque las políticas públicas no sean instrumento de populismos ideológicos sino la aplicación, basada en la evidencia de las medidas que de manera sostenible nos acerquen a la solución de las necesidades colectivas.

No podemos ser vergonzantes con la defensa del capitalismo y el emprendimiento, en armonía con la mejora permanente de las condiciones de los trabajadores.

La seguridad es un valor democrático irrenunciable para que todos podamos ejercer a plenitud nuestras libertades.

Es nuestra obligación moral eludir la política de las descalificaciones personales, de la mal llamada “posverdad” y centrarnos en el sano debate de las ideas y propuestas que necesita nuestro país.

Los políticos tenemos que enseñar con el ejemplo. No podemos derrotar el clientelismo practicándolo, no podemos derrotar el fanatismo si no somos capaces de aceptar los errores y reflexionar sobre las ideas del otro.

Debemos ser capaces de superar los sectarismos, de aceptar las libertades y de respetar las voces de las minorías.

Los valores que me han formado me han permitido al lado de una bancada laboriosa sacar adelante cuatro leyes que le sirven al país como lo son las de permitir el uso de las cesantías para los seguros educativos, la disponibilidad de desfribriladores externos automáticos para salvar vidas, la Ley que promueve las industrias las industrias creativas y la que permite la compenetración de madre e hijo con la ampliación de la licencia de maternidad, que contribuye a una mayor lactancia exclusiva en una sociedad donde las personas de bajos ingresos tienen limitaciones para disfrutar ese tiempo personal y exclusivo con la familia.

La política no puede trivializarse en 140 caracteres y hacer de las redes sociales un campo de batalla. Los políticos tenemos que elevar el debate, criticar y a la vez proponer y por supuesto ser capaces de orientar a la sociedad hacia el futuro.

Los retos de Colombia

Hoy Colombia enfrenta grandes retos que demandan mucho de nosotros. Nuestra legalidad está amenazada, la economía se asfixia por las malas decisiones fiscales y un modelo que oprime al empresario, no estamos innovando y diariamente amenazamos el ecosistema.

Tenemos que construir un país donde prime la legalidad. Cuando se trata al delincuente de manera diferenciada según su ideología estamos alimentando la violencia. La construcción de la paz empieza en que de una vez por todas castiguemos de manera ejemplar a los criminales y no sigamos en el error histórico de premiar sus conductas en nombre de la “paz”. La Paz solo será posible cuando triunfe el imperio de la ley sobre la violencia y la corrupción.

La Equidad es más que un ideal es un deber moral. Tenemos que identificar medidas efectivas que permitan nivelar la cancha de la movilidad social. La agenda de educación y salud debe estar marcada por mejorar el acceso de los más vulnerables sin caer en las fauces del populismo.

Desarrollar un modelo de capitalismo emprendedor con más y mejores empresas es el verdadero antídoto contra la trampa de la informalidad laboral. La Innovación y la Sostenibilidad Ambiental deben ser la base para que la tecnología, la ciencia, la cultura y el deporte sean elementos diferenciadores en un entorno social que requiere respetar y preservar la biodiversidad.

Una lección

Mi mayor orgullo en la vida, por encima de todos, es el valor de la familia. Mi esposa María Juliana y mis hijos Luciana, Matías y Eloisa son el motor de todo lo que me rodea. Sueño con ellos, por ellos y para ellos y le pido a Dios todos los días que me permita disfrutarlos eternamente

Hoy cuando recibo esta distinción pienso en lo que ha sido mi vida y veo el sello de tantos amigos acá presentes a quienes debo agradecer y quizás en un auditorio en el que me puedo dar el lujo de mencionarlos a todos por su nombre. Me siento orgulloso de haber llegado al Senado al lado de un gran Colombiano, como Álvaro Uribe Vélez cuyo patriotismo y amor por Colombia son un referente permanente.

Dr. Rodrigo Noguera: como Sergista me enorgullece haber emprendido un camino para llegar a la Presidencia de Colombia, portando con orgullo los valores que desde esta casa me han motivado en la actividad política.

Cuanto quisiera que estuviera presente esta noche Ivan Duque Escobar. Aunque se que su presencia en mi jamás se desvanecerá, esta condecoración es también fruto de su esfuerzo.

Mi mayor pretensión es servir a mi país, como se lo dije a Álvaro Gómez luchar por mi país y sentir el amor por la labor cumplida. Ese es el legado que he recibido de esta universidad y de mi familia, a quienes dedico esta distinción.

Muchas gracias


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