El modelo y los obstáculos

Colombia tiene un modelo económico que está amenazado por múltiples factores. Una informalidad avasalladora que amenaza la sostenibilidad del sistema pensional, el sistema de salud, el recaudo tributario y el mercado laboral. A eso debemos agregar que nuestras exportaciones se concentran en pocos productos y pocas empresas y que no tenemos una agenda efectiva para diversificar de manera contundente nuestras oferta al resto del mundo con sustento en el valor agregado tecnológico.

Esa realidad del modelo tiene un obstáculo pavoroso. El sistema tributario es una especie de muro de contención al desarrollo empresarial. Tenemos una tarifa de renta corporativa que está por encima del promedio regional, el promedio mundial y el promedio de la OCDE y, lo peor, se aplica la misma tarifa a micro, pequeñas, medianas y grandes empresas. Colombia también mantiene la figura anacrónica de la renta presuntiva, las devoluciones de impuestos se demoran más de diez meses, obligando a que los empresarios se endeuden mientras la DIAN les devuelve lo que les corresponde, y existen cada vez menos incentivos a la inversión, al ahorro y a la formalización laboral.

En este entorno de adversidades preocupa que el país no esté dinamizando los mercados de capital y que tengamos menos de 7 empresas que transen en bolsa más de 5 millones de dólares diarios y menos de ochenta empresas listadas, situándonos por debajo de varios competidores regionales.

Continuar por esta senda nos aleja cada vez más de ser una economía realmente pujante. El sistema tributario incentiva la informalidad, el contrabando y lo que es peor, mantiene atrapados a millones de colombianos en el limbo laboral que conduce con fragilidad a la pobreza. La alternativa a la cruda realidad no está en el discurso populista que en época electoral pretenden enarbolar algunos. No está en satanizar sectores y actividades productivas ni mucho menos estigmatizar la inversión extranjera. La respuesta está en construir una verdadera economía de mercado con sentido social, para que el crecimiento se refleje en una expansión estable y sostenida de la clase media sobre la base de empleos formales, aumento de ingresos, reducción de la inequidad y la construcción de la felicidad colectiva.

¿Cómo podemos hacerlo? Con una serie de propuestas concretas que demandan voluntad política y capacidad de ejecución. Simplificar el sistema tributario con tarifas competitivas y mínimas distorsiones aceleradas por una eliminación de los gastos innecesarios en el gobierno. Diferenciar tarifas según el tamaño de empresas, hacer ajustes a la regla fiscal para eliminar la pro-ciclicidad y generar ahorro para épocas de vacas flacas, diversificar exportaciones, asegurar estabilidad jurídica para la inversión, reducir el costo país para la industria en rutas logísticas, energía, sobre regulación y peregrinaje burocrático, luchar contra el contrabando de manera efectiva e incentivar la reconversión tecnológica e industrial.

Derrotar la informalidad requiere un modelo que promueva más empresas, que permita la mayor expansión de las empresas existentes y que tenga incentivos a la generación de puestos laborales formales. Los gobernantes no pueden tener actitudes vergonzantes frente al desarrollo empresarial y los populistas quieren un modelo asistencial basado en la asfixia a los sectores productivos.

Colombia debe pensar en una economía donde la lucha contra la pobreza y la desigualdad empiece por el emprendimiento dinámico, la diversificación productiva y la formalidad empresarial. Por ahí está el camino.


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