Homenajes y exorcismos

Hoy más que nunca tenemos que entender que no podemos seguir exaltando a los criminales ni estar dispuestos a que reciban aplausos quienes hicieron todo tipo de atrocidades bajo el falso discursos de la “rebelión”.

Por: Iván Duque Márquez, El Colombiano, 24 de septiembre de 2017.

Con dolor hemos visto que se le ha hecho un homenaje por parte de algunos de sus áulicos y anteriormente lacayos al criminal conocido como el “Mono Jojoy”.

Su historia criminal es abominable y acaba con cualquier imaginación posible, capaz de describir la desnaturalización de la personalidad humana. Sangre, dolor, secuestros, extorsiones, ataques terroristas, mutilaciones, son solo algunos de los adjetivos que podrían encajar la larga vida criminal de unos de los asesinos más sanguinarios que haya dado Colombia. Hacerle un homenaje es una humillación al país, es una agresión a las victimas, es una apología del delito y una manifestación de exaltación de la putrefacción a la que pueden llegar las almas humanas cuando carecen de moral, ética o respeto por los principios de la bondad.

En lugar de rendirle homenaje a quienes sembraron tanta desolación, Colombia debe exaltar a las víctimas y para ello comprometerse con que exista una justicia ejemplarizante, real, proporcional, acorde con los lineamientos del derecho internacional, para que quienes hayan caído en la corrupción de creer que el delito es una forma de vida tengan un tratamiento ejemplarizante ante la ley. De igual manera, esos mismos victimarios deben reparar económicamente a quienes despojaron de sus seres queridos, de sus tierras, de sus anhelos y hasta de su felicidad.

Estas reflexiones en lugar de homenajes nos invitan a hacer un exorcismo, a que Colombia se libere de esas almas del dolor, del crimen, del delito y que, de una vez por todas, sembremos en nuestra patria una justicia que no sea negociada para ser acomodada en virtud de las pretensiones de impunidad de los victimarios.

Ese exorcismo requiere que seamos capaces de entender que la Constitución no puede ser manoseada para blindar a los delincuentes del Estado de Derecho, sino más bien, para blindar a los ciudadanos de la acción de los delincuentes. Ahí es donde tenemos que recuperar nuestro sentimiento de país y unirnos para enfrentar cualquier forma de criminalidad, porque de eso depende también nuestro futuro.

Exorcizar el crimen implica corregir estructuralmente aquellas cosas de los acuerdos que premian conductas inmorales y oprobiosas. El narcotráfico no puede ser acomodado como delito amnistiable; la erradicación y sustitución deben ser obligatorias; y cualquier engaño expresado en ocultar armas y dinero y no ser entregado para su destrucción o la reparación efectiva de las victimas debe significar la pérdida inmediata de todos los beneficios y la sanción drástica del aparato judicial.

Ese exorcismo implica que los militares no sean puestos en igualdad de condiciones con quienes atacaron el Estado de Derecho y que exista en Colombia una verdadera Justicia Penal Militar para evaluar las circunstancias de modo, tiempo y acción operacional con rigor, sin impunidad, pero entendiendo la diferenciación entre quienes representan la institucionalidad del Estado y no mimetizándolos con quienes han pretendido derrumbarlo.

Hoy más que nunca tenemos que entender que no podemos seguir exaltando a los criminales ni estar dispuestos a que reciban aplausos quienes hicieron todo tipo de atrocidades bajo el falso discursos de la “rebelión”. El reto de la construcción de un nuevo país, de una nueva generación, es exorcizar la apología del crimen para que se le rinda el debido homenaje a quienes han hecho de Colombia un país grande, que no son otros distintos a los ciudadanos de bien.


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